Una furtiva lágrima.

‘Una furtiva lacrima
negli occhi suoi spuntò’

L’elisir d’amore.
Gaetano Donizetti.

La mañana había empezado con una conversación informal con la familia de Pedro, un hombre de 33 años diagnosticado de cáncer terminal, inconsciente y en agonía franca desde el día anterior. Su muy delicado estado hacía presagiar que en cualquier momento podía ocurrir el desenlace. Desde el mismo inicio del turno se habían estado extremando las medidas de confort hacia Pedro y de apoyo hacia la familia. Pedro permanecía tranquilo y rodeado de sus hermanas y su mujer. En cada visita que le hacíamos, comprobábamos cómo se iban sucediendo las pausas, cada vez más prolongadas, en su respiración.

La jornada transcurría sin mayores sobresaltos, el resto de pacientes a nuestro cuidado continuaban más o menos controlados y ya nos estábamos preparando para repartir la medicación del mediodía.

De repente, unos gritos rasgan la tranquilidad dominical de la planta. Provienen de la habitación de Pedro. Al mismo tiempo, una de sus hermanas sale y se dirige corriendo hacia nosotras, visiblemente afectada.

Miro a Laura y a Gema, mis dos compañeras. No hacen falta más palabras. La hermana de Pedro, con su llanto, nos confirma lo que acaba de ocurrir.

Nos encaminamos hacia la habitación con paso firme y decidido para cerciorarnos del desenlace y brindar el apoyo necesario a la familia. Se siguen oyendo gritos de una sola mujer y las palabras agitadas del resto, que la intentan calmar.

Al cruzar la puerta, nos convertimos en actores de la escena dolorosa que se está viviendo.

Me dirijo a los pies de la cama y aún tengo tiempo de observar el último estertor de Pedro, que está postrado boca arriba con los ojos abiertos.

Sobre él, su madre, que no ha sido informada de la proximidad del desenlace; que se aferra al último aliento de su hijo en un grito y un abrazo desesperado. Las otras hijas intentan calmarla y consolarla, quizás siendo conscientes de que su conspiración de silencio ha podido contribuir a hacer más difícil la durísima despedida.

Pero, ¿quién puede consolar a una madre en estas circunstancias?
¿Quién le puede quitar a una madre el dolor antinatural de llorar la muerte de un hijo? Nadie puede.

Laura permanece con el grupo de hijas que, ahora, han sentado a la madre en el sillón e intentan consolarla en vano. Gema observa la escena a los pies de la cama.
Me sitúo a la izquierda de Pedro y, con mi mano derecha, intento buscar algún latido en su carótida. Mis dedos perciben algo, apenas un par de pulsaciones totalmente irregulares. Se lo hago saber a Gema.

Y entonces, con el llanto desgarrador de la madre como sonido de fondo, ocurre algo insólito. Una lágrima, una furtiva y solitaria lágrima, brota de los ojos de Pedro. Busco a mi compañera con la mirada y le señalo esa última lágrima que corre ya rostro abajo. Y en ese instante, en ese preciso instante en el que la lágrima abandona el cuerpo para caer en la almohada, dejo de percibir en mis dedos el latido de un joven corazón apagado para siempre…

 

Nota del autor: la edad del paciente y los nombres que aparecen en esta historia no son los reales, se han cambiado para proteger la intimidad y privacidad de los auténticos protagonistas de la misma.

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